Capítulo XXII: Tocar la pera
Ayer me llamó Raquel por la noche para recordarme, así por encima, todo lo sucedido en la Arribada. También para decirme que le debo 10€. Menos mal... porque ya no me acordaba de esas cosas y me gusta tener las cuentas claras. Tambien me contó detalles que a ella le parecían curiosos y que yo no pude ver debido a que mi localización espacial (Y mental) era diferente en el momento ocurrido. Tengo la extraña impresión de que... he ahondado en características personales mias que creía olvidadas pero que forman parte de mi propia naturaleza.
El rupperín atrevido... reivindicativo...exagerado... Quizás fuera porque me dejé llevar por la euforia colectiva... Es una sensación curiosa mientras se vive... pero no es para mi. Creo que no he nacido para dejarme llevar de esa forma. Esas formas de sociabilizarse... No es miedo lo que siento... pero sí como... vértigo. Como si el concepto que se tuviera de mi hubiera cambiado. Hace unos años no me habría importado lo más mínimo. Es más, mi hobbie favorito era el de: "Dar a conocer a los demás personalidades ficticias mias con la finalidad de que nunca pudieran saber exactamente como soy". Tambien me gustaba mucho eso de descolocar los argumentos de los demás mediante la crítica de valores morales de cortesía. Por ejemplo: "Una chica comenta en voz alta: Qué gilipollas soy. Y yo contesto improvisadamente: Pues sí." No sé como nunca he recibido algún tipo de castigo físico por ello. Bueno, alguna vez sí. Muchas personas lo achacaban a que mis vibraciones no transmitían maldad alguna, que sabía utilizar la frase más inoportuna de tal manera que al ser tan chocante... no diera opción a réplica, produciendo con ello una especie de humor absurdo desproporcionado. También yo era más pequeño... y la sociedad de la que me rodeaba más ingenua... con lo que... mientras ciertos tipos de personas luchaban por hacerse un hueco en una sociedad que pudiera comprenderles yo no hacía más que revolotear a su alrededor intentando que ellos se descubrieran a sí mismos mediante la crítica socrática de sus convicciones más profundas (Que siempre me gustó tocar la pera... para que nos entendamos). Otras muchas personas también podrían visualizar la "retroafirmación" expuesta anteriormente como un impacto social derivado de la siguiente premisa:
- ¿Qué cojones hace un chico gordito, con ropas de anciano, no muy agraciado y con aires de no estar demasiado encajado en la sociedad reafirmándome los defectos que yo acabo de exponer de forma retórica? ¡Al ser una reafirmación no puede caerle la culpa ya que la afirmación primera la dije yo!
De esta forma se crea un shock que puede tener dos respuestas. Una bofetada bien dada con la mano abierta... o la tolerancia. Si hubiera tenido la apariencia de ser un chico bien encajado en la sociedad estoy seguro de que en el 90% de los casos la respuesta hubiera sido la bofetada. Por suerte siempre supe autoevaluarme de modo que mis defectos se convirtieran en virtudes. Bueno... siempre, siempre... hasta hace poco tiempo... cuando empecé a cuidarme. Mi imagen empieza a ser vista como la un chico medianamente encajado en la sociedad por lo que mi humor hiriente empieza a dar resultados inciertos y negativos. Mi mundo cambia... pero también siento como cambia la perspectiva de los demás hacia mi. La forma de mirar, la decir las cosas...de insinuar... son detalles que no pasan desapercibidos. Bueno, mi mundo cambia porque yo espero algo del mundo. Sin embargo no tengo esa sensación de cambio con ciertas personas que parecen conocerme bien... que siempre me aceptaron tal como soy y que no esperan más que lo que yo quiera ofrecer en cierto momento.
Ais....ya vuelvo con mis pajas mentales, la verdad es que las echaba de menos. Un poco coñazos, sí... pero no sé. Son pajas mentales muy rupperianas... Tengo una obsesión tremenda con los procesos cambiantes... y me alegra pensar que ciertas cosas nunca cambiarán.
En resumen, me siento bien... no hay resaca por fin y siento el cambio, que quizás sea lo que me inquieta. Pero no un cambio negativo... si no ese cambio que me llevará a saber moverme para encontrar por fin un trabajo... y demostrarme, como me dice siempre Isabel... que soy el Massimo Dutti.
El rupperín atrevido... reivindicativo...exagerado... Quizás fuera porque me dejé llevar por la euforia colectiva... Es una sensación curiosa mientras se vive... pero no es para mi. Creo que no he nacido para dejarme llevar de esa forma. Esas formas de sociabilizarse... No es miedo lo que siento... pero sí como... vértigo. Como si el concepto que se tuviera de mi hubiera cambiado. Hace unos años no me habría importado lo más mínimo. Es más, mi hobbie favorito era el de: "Dar a conocer a los demás personalidades ficticias mias con la finalidad de que nunca pudieran saber exactamente como soy". Tambien me gustaba mucho eso de descolocar los argumentos de los demás mediante la crítica de valores morales de cortesía. Por ejemplo: "Una chica comenta en voz alta: Qué gilipollas soy. Y yo contesto improvisadamente: Pues sí." No sé como nunca he recibido algún tipo de castigo físico por ello. Bueno, alguna vez sí. Muchas personas lo achacaban a que mis vibraciones no transmitían maldad alguna, que sabía utilizar la frase más inoportuna de tal manera que al ser tan chocante... no diera opción a réplica, produciendo con ello una especie de humor absurdo desproporcionado. También yo era más pequeño... y la sociedad de la que me rodeaba más ingenua... con lo que... mientras ciertos tipos de personas luchaban por hacerse un hueco en una sociedad que pudiera comprenderles yo no hacía más que revolotear a su alrededor intentando que ellos se descubrieran a sí mismos mediante la crítica socrática de sus convicciones más profundas (Que siempre me gustó tocar la pera... para que nos entendamos). Otras muchas personas también podrían visualizar la "retroafirmación" expuesta anteriormente como un impacto social derivado de la siguiente premisa:
- ¿Qué cojones hace un chico gordito, con ropas de anciano, no muy agraciado y con aires de no estar demasiado encajado en la sociedad reafirmándome los defectos que yo acabo de exponer de forma retórica? ¡Al ser una reafirmación no puede caerle la culpa ya que la afirmación primera la dije yo!
De esta forma se crea un shock que puede tener dos respuestas. Una bofetada bien dada con la mano abierta... o la tolerancia. Si hubiera tenido la apariencia de ser un chico bien encajado en la sociedad estoy seguro de que en el 90% de los casos la respuesta hubiera sido la bofetada. Por suerte siempre supe autoevaluarme de modo que mis defectos se convirtieran en virtudes. Bueno... siempre, siempre... hasta hace poco tiempo... cuando empecé a cuidarme. Mi imagen empieza a ser vista como la un chico medianamente encajado en la sociedad por lo que mi humor hiriente empieza a dar resultados inciertos y negativos. Mi mundo cambia... pero también siento como cambia la perspectiva de los demás hacia mi. La forma de mirar, la decir las cosas...de insinuar... son detalles que no pasan desapercibidos. Bueno, mi mundo cambia porque yo espero algo del mundo. Sin embargo no tengo esa sensación de cambio con ciertas personas que parecen conocerme bien... que siempre me aceptaron tal como soy y que no esperan más que lo que yo quiera ofrecer en cierto momento.
Ais....ya vuelvo con mis pajas mentales, la verdad es que las echaba de menos. Un poco coñazos, sí... pero no sé. Son pajas mentales muy rupperianas... Tengo una obsesión tremenda con los procesos cambiantes... y me alegra pensar que ciertas cosas nunca cambiarán.
En resumen, me siento bien... no hay resaca por fin y siento el cambio, que quizás sea lo que me inquieta. Pero no un cambio negativo... si no ese cambio que me llevará a saber moverme para encontrar por fin un trabajo... y demostrarme, como me dice siempre Isabel... que soy el Massimo Dutti.
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